Más allá de la emoción (Segunda parte)


Más allá de la emoción (Segunda parte)

Escrito por Noel Navas el marzo 3, 2011


Más allá de la emociónEl cristiano y sus emociones.

En la entrada anterior relaté el lamentable incidente donde accidentalmente golpeé a una amiga mientras oraba. Mi malinterpretación de los hechos, mi falta de sabiduría de lo que es la presencia de Dios y por qué no decirlo: Mi inmadurez espiritual, propiciaron uno de los momentos más bochornosos de mi vida. Sin embargo, como dice la Escritura: “A los que aman a Dios todas las cosas ayudan a bien”. Esa experiencia me ayudó a crecer espiritualmente, principalmente en un área que a lo largo de los años he visto que es el talón de Aquiles de muchos cristianos. ¿Cuál talón? Depender desmedidamente de sus sentimientos a medida que intentan avanzar en la vida cristiana. Por lo tanto, después de relatar mi anécdota, por favor permítame compartirle a continuación algunas cosas que he aprendido con respecto a este tema.

 

Si hay algo que aprendí de esta penosa experiencia es que el cristiano no debe depender de sus sentimientos para medir su relación con Dios, una reunión de adoración y mucho menos la espiritualidad de los demás. Quien depende de la emocionalidad para medir todo esto padecerá de una vida cristiana muy inestable. Si se siente bien cree que Dios está con él, si se siente mal cree que lo ha abandonado. Vivir dependiendo de lo que se siente es tener una vida espiritual muy superficial.

La verdad es que aunque hay veces que los sentimientos contribuyen a estar conscientes de la presencia de Dios no son el parámetro final. Dios está en nuestra vida porque está, porque una vez que lo invitamos a habitar en nuestro interior desde entonces se quedó. La Palabra dice que cuando recibimos a Cristo él hace de nuestro corazón su habitación y ya no se va. El hecho de que a veces sintamos a Dios y en otras no tiene que ver más con que el alma humana en ocasiones se torna más sensible que otras veces. No tiene que ver con que Dios esté o no esté, él siempre está y debemos aferrarnos a esa verdad por fe. A veces lo sentimos y a veces no, la vida cristiana es así, pero el parámetro para saber que Dios está con nosotros no son nuestros sentimientos, es nuestra confianza en una verdad que él ya expresó en su Palabra. ¿Cuál verdad? Que él estaría siempre con nosotros.

Vamos, los sentimientos no son malos, son buenos. Me encanta sentir cosas en la presencia de Dios, pero no debo volverme adicto a eso y mucho menos juzgar la atmósfera de una reunión de adoración ni la efectividad de la predicación de la Palabra por las sensaciones que yo esté experimentando. Eso es egoísta, inmaduro y en casos extremos llevarnos a cometer errores como el que yo cometí esa vez que propiné accidentalmente un puñetazo a alguien. Dios estaba en dicha reunión, el Espíritu Santo se estaba moviendo, todos estábamos adorando con libertad, ¡já!, pero como yo no sentía nada entonces la reunión necesitaba un cambio. ¡Vaya cambio que propicié!

Repito: Sentir cosas en la presencia de Dios es maravilloso, pero sentir no debe ser el rector de la vida cristiana. Los sentimientos son variables, cambian constantemente. Hace un tiempo escuché a un predicador decir: “Los sentimientos son como el clima, en la mañana está nublado, al medio día hace Sol y en la noche llueve a cántaros”. En muchas ocasiones los sentimientos no son confiables, una mañana podríamos sentirnos apesadumbrados, en la tarde estallar de alegría y en la noche sentirnos decaídos. ¿No será que por eso el profeta escribió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas” (Jeremías 17:9)?

Las buenas noticias son que a medida que maduramos espiritualmente llegamos a conocernos a nosotros mismos y a comprender cuándo nuestra conciencia y sentimientos nos están alertando en cuanto a nuestra relación con Dios. Sí, aunque antes dije que los sentimientos no son confiables con el tiempo uno puede aprender a discernir si lo que sentimos o no está relacionado con algo que resolver en nuestra vida.

Recuerdo estar en la reunión de adoración de mi iglesia y sentado a la par mía un buen amigo, Eduardo. Yo estaba emocionadísimo cantando al Señor y adorándolo profundamente cuando en el tiempo de los cantos lentos me senté porque me sentía cansado; aun así seguí adorando con estusiasmo. En eso Eduardo me dijo: “No siento la presencia de Dios”. Francamente no sé de dónde vinieron estas palabras pero me volteé para decirle: “A veces no sentimos la presencia de Dios porque hay pecados no confesados en nuestra vida”. De inmediato volteé la cabeza y seguí adorando. Como a los 15 minutos lo miré y estaba quebrantadísimo, llorando y adorando al Señor. De repente se levantó y me dijo: “Gracias por tus palabras, me ayudaron de verdad”.

Es cierto, a veces sentir o no sentir algo podría deberse a pecados no confesados, pero si verdaderamente estamos conscientes de que no hemos fallado y que nos hemos sometido al escrutinio del Espíritu y aun así no sentimos su presencia, vamos, podrían haber una variedad de causas por las que no sentimos nada especial. Ahora, ¿es malo no sentir? No, al contrario, pienso que si realmente no hemos pecado deberíamos estar tranquilos y alegrarnos porque nuestra relación con Dios está intacta. En este caso sentir no es lo más importante sino ser agradecidos con el Señor por permitirnos vivir limpiamente delante de él.

Estando en una de esas vigilias que ya relaté y donde con muchos jóvenes nos reuníamos para orar, una de esas noches estábamos adorando al Señor y yo veía que todo mundo se expresaba fervorosamente y algunos hasta lloraban. En ese momento yo oré y dije: “Señor, ¿por qué yo no siento tu presencia y todos los demás sí?” En eso un pensamiento invadió mi mente: “Yo ministro conforme a la necesidad”. Decidí confiar en que ese pensamiento era la voz de Dios y continué adorando al Señor sin envidiar a nadie.

Esa misma semana conversé con una amiga a quien respeto mucho por su madurez cristiana y me contó una visión que alguien alguna vez tuvo. Me dijo: “Una mujer tuvo un sueño en donde había tres personas orando. En el sueño el Señor Jesucristo se acercó al primero y sólo lo miró. Pasó frente a él y al acercarse al segundo le dio la mano. Llegó al tercero y lo abrazó. ¿Sabes qué significa el sueño Noel?” Preguntó mi amiga, “Que el Señor ministra a cada quien conforme a su necesidad. Unos solo necesitan una mirada del Señor, otros un apretón de mano y los más necesitados un abrazo”.

Mire, si no hemos pecado ni fallado a nuestra relación con Dios y aun así no sentimos nada, ¿no será que el hecho de no sentir gozo, paz o quebrantamiento se deba a que el Señor nos está ministrando de forma distinta a los que sí sienten gozo, paz o están llorando?

Si no sentimos nada recuerde que nuestra relación con Dios no se basa en emociones, se basa en la fe. Fe en que nos prometió: “No te dejaré ni te desampararé” (Hebreros 13:5). Fe en que nos dijo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Y fe en la promesa que dice: “Donde dos o tres se congreguen en mi nombre yo estoy en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Dios siempre está, lo sintamos o no.

Nuestra relación con Dios se basa en la fe en su Palabra y no en lo que sentimos. Si sentimos su presencia, bien; y si no, ¡también! Seguimos al Señor por lo que él es para nosotros, no por las sensaciones que nos produce. A veces me preocupa ver cómo los cristianos adoramos con la intención de sentir algo en lugar de concentrarnos sólo en el Señor. Buscamos las sensaciones más que adorar en espíritu y en verdad. ¿No será que inclinarnos por ese camino es una especie de idolatría en donde magnificamos más las emociones que al Dios a quien adoramos? ¿No será que por buscar experimentar algo nos hemos vuelto sentimentalistas basando nuestra intimidad con Dios en los sentidos y no en la fe?

Usted sabe la respuesta.

Una ilustración que me ayudó muchísimo a entender el papel de la fe y de las emociones en la vida cristiana fue una que hallé en el famoso folleto evangelístico: “Las 4 leyes espirituales”. Luego de que la persona ha hecho la oración de recibir a Cristo muy acertadamente se le explica al lector que a pesar de que no haya sentido alguna emoción particular el hecho de que Cristo entró en su corazón es real. Lo explica de este modo:

No dependa de los sentimientos.

La promesa de la Palabra de Dios, no nuestros sentimientos, es nuestra autoridad. El cristiano vive por fe (confiando) en la fidelidad de Dios y su Palabra.

Tren de la vida cristiana

Este diagrama del tren ilustra la relación entre el hecho (Dios y Su Palabra), fe (nuestra confianza en Dios y su Palabra) y sentimientos (el resultado de nuestra fe y la obediencia) (Juan 14:21).

El tren correrá con o sin los vagones. De todas formas, sería absurdo intentar hacer correr el tren por los vagones. De la misma manera, nosotros, como cristianos, no dependemos de nuestros sentimientos o emociones, sino que ponemos nuestra fe (confianza) en la fidelidad de Dios y las promesas de Su Palabra” (1).

Personalmente me fascinó esta ilustración desde la primera vez que la ví. Me ayudó a comprender la relación entre la fe y las emociones. El problema de muchos cristianos es que nunca entienden esto, creen que el tren que debe impulsar los vagones son los sentimientos. Si sienten entonces creen y si siguen sintiendo hasta entonces actúan. No, la vida cristiana no consiste en los vagones jalando el tren. Probablemente a eso se deba que muchos tengan su tren espiritual varado en los rieles de la inmadurez y quién sabe si dudando de si vale la pena seguir siendo cristiano o no.

Continúa…