Más allá de la emoción (Primera parte)


Más allá de la emoción (Primera parte)

 


Más allá de la emociónEl cristiano y sus emociones.

Después de contarle a un amigo la anécdota que a continuación contaré pues me animó a relatarla a otros. Como él percibió (y yo también) que algunos podrían ser alumbrados por esta experiencia me he animado a compartirla con los lectores de La Aventura de Componer. Francamente no tiene que ver estrictamente con el tema de escribir canciones; sin embargo, sí tiene que ver con un componente muy importante de ella: Las emociones. Confío que esta anécdota, las reflexiones que añadiré y la canción que compartiré durante esta serie le servirá no solo a quienes componen, sino a todo aquel cristiano que se ha preguntando alguna vez por qué a veces sentimos la presencia de Dios y a veces no.

 

Provengo de una familia que durante tres generaciones ha sido cristiana. Desde mis abuelos paternos y maternos, pasando por mis padres y tíos y llegando hasta mis hermanos y primos siempre he estado rodeado de evangélicos. No digo “evangélico” en tono peyorativo, al contrario, me refiero a que siempre he estado rodeado de familiares que han abrazado el cristianismo genuino y que han sido personas ejemplares para mí.

Por decirlo así “nací” en Iglesia Cristiana Josué. Una de las iglesias más emblemáticas de las Asambleas de Dios en El Salvador. Mi familia fue de las fundadoras cuando la iglesia inició en el centro comercial Balam Quitze. Posteriormente la iglesia se trasladó a dónde actualmente está y desde allí vienen mis primeros recuerdos significativos en la fe evangélica.

A mis 8 ó 9 años Iglesia Josué era lo máximo para mí. Recuerdo que cuando salía de la escuela dominical y el culto general no había terminado me encerraba en el “Aposento alto”. Un cuarto destinado para orar, muy amplio, alfombrado y que contaba con aire acondicionado. Allí tuve mis primeras experiencias espirituales en oración. Lamentablemente, perdón que lo diga así, mis papás decidieron irse a una filial de Josué cerca de donde vivimos. Aunque tuve experiencias muy especiales allí cuando me acerqué a los 13 ó 14 años de edad ya no tenía la misma relación con Dios como cuando estaba en la otra Josué. Con el tiempo fui prefiriendo jugar fútbol que congregarme.

Así pasaron los meses hasta que mi papá me pidió que lo acompañara a un culto en el Templo Cristiano de las Asambleas de Dios. Me gustó la experiencia de asistir, principalmente porque descubrí que una amiga que me gustaba mucho se congregaba también allí. Yo pensé: “¡Dios mío! ¡Tú me has traído a este lugar!” Aunque esa es otra historia comencé a asistir cada domingo y posteriormente me incorporé al grupo de jóvenes. Pasé mi adolescencia y parte de mi juventud en dicho grupo. Mientras escribo esto vienen recuerdos muy gratos a mi memoria producto de haber conocido esa maravillosa iglesia.

A medida que me involucré con los jóvenes mi pasión por Dios, la oración y la Palabra se encendieron nuevamente. Alrededor de los 17 ó 18 años mi amistad con otros amigos desencadenó una serie de reuniones especiales de oración. Resulta que el último viernes de cada mes nos comenzamos a quedar a orar después de lo que llamábamos la “media vigilia” de la iglesia (porque era de 8:00 p.m. a 12:00 a.m.). Regresábamos a casa hasta las 5:00 a.m. La experiencia fue tan enriquecedora que decidimos repetirla después de la “media vigilia” mensual.

La presencia de Dios era tan fuerte durante las reuniones y la unidad fraternal que experimentábamos era tan especial que el grupo que comenzó con poca gente fue aumentando hasta convertirse en un grupo de 20 personas. Allí aprendí a desarrollar mis dones de maestro de la Palabra y a vencer mi temor a hablar en público. Además, allí aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida.

Resulta que después de una las “media vigilias” de la iglesia nos quedamos orando y buscando al Señor como era nuestra costumbre. Esa vez mientras lo hacíamos algunos sentíamos como si el cielo era de bronce. No había fervor, no había emoción, no había lágrimas. ¡Nada! A medida que avanzaba la reunión yo notaba eso pero no dije nada hasta que alguien tocó mi espalda y me dijo: “Noel, ¡tenemos que hablar!”

Tres amigos me llevaron a parte de donde estábamos y me dijeron: “Noel, algo está pasando aquí. Mientras estábamos cantando alguien vio una sombra pasar y fulano sintió que alguien lo tocó y cuando volteó a ver no había nadie. Creemos que estamos en medio de una lucha espiritual y por eso no estamos experimentando bendición en la reunión”. Al todos confirmar lo que percibíamos, nos alarmamos un poco y decidimos orar en el mismo instante.

Cuando comenzamos a orar yo sentí que una corriente eléctrica que me traspasó y solo recuerdo que los cuatro caímos de rodillas clamando al Señor que nos ayudara, atamos cualquier influencia demoníaca que estuviera estorbando y luego de unos 10 minutos de oración sentimos que la victoria era nuestra. Cuando nos levantamos nos dirigimos a donde estaban los demás y les compartimos lo que creíamos que estaba pasando. Todos estuvieron de acuerdo en orar juntos y para qué decir más: El Espíritu Santo se derramó con tal poder que amigos míos que jamás había visto llorar en la presencia de Dios estaban derramando sus corazones delante del Señor. El ímpetu de la reunión alcanzó tal clímax que creo haber estado en muy pocas reuniones como esa.

Algo significativo que pasó durante esa vigilia fue que en un receso que hicimos uno de los que asistió por primera vez me llamó aparte y me dijo: “Quiero que tengas esto, ya no lo necesito”. Era el hermano de mi amigo Daniel, me entregó una cadenita de la cual colgaba una medallita de la virgen María. Luego de conversar con él busqué a Daniel y le dije: “Tomá, tu hermano me lo dio y no sé por qué”. Abrí mi mano y Daniel me dijo emocionado: “Mi hermano me dijo que cuando él se quitara esta medallita era porque habría recibido a Cristo en su corazón”.

Definitivamente tuvimos una reunión impresionante; sin embargo, algo pasó en mi interior: Malinterpreté las cosas.

Un mes después volvimos a realizar una nueva vigilia después de la “media vigilia” de la iglesia. Parece que la voz se había corrido por lo que había pasado la última vez que esa noche se quedaron con nosotros alrededor de 40 jóvenes. Hicimos un gran círculo e iniciamos la reunión con alabanza y adoración. Todo iba bien hasta que unos 40 minutos después de haber comenzado yo percibía lo mismo de la vez anterior, que no estaba pasando nada. Me quedé callado por unos minutos más; sin embargo, cuando la sequedad de mi interior era insoportable pedí la palabra delante de todos y les dije lo que yo percibía. Les dije que teníamos que orar, reprender al enemigo y tomar la victoria por fe.

Estábamos en una de las salas grandes de la iglesia, había algunos sofás alrededor y recuerdo haber visto a mi derecha un escritorio de metal. Como habíamos hecho un gran círculo todos nos tomamos de las manos y comenzamos a orar, ¡por supuesto!, yo dirigí la oración. En un momento de mi enardecimiento espiritual até, desaté, amarré y desamarré cuanta cosa se me ocurrió. En eso, con los ojos bien cerrados y con mi mano derecha en alto cerré el puño en señal de autoridad, bajé rápidamente el brazo y haciendo una especie de giro de abajo hacia arriba y luego hacia el frente (como si fuera a propinarle un puñetazo al estómago del enemigo) grité: “¡En el nombre de Jesús!” En ese instante… ¡Pum!… Sentí que golpeé el escritorio que estaba a la par y un dolor espantoso invadió mi mano. “¡Ops!” Gemí dentro de mí, “¡Qué bruto! ¡Golpeé el escritorio!” Sin embargo seguí orando como si nada.

Unos 15 minutos después, cuando mi dolor había cesado, unos amigos me llamaron a parte para preguntarme: “Noel, ¿qué pasó? ¿Por qué hiciste eso?” Yo les expliqué: “Es que sentí que no estaba pasando nada y como en la vigilia del mes pasado el enemigo se interpuso pensé que teníamos que atarlo”. Uno de ellos me dijo molesto: “¡Cómo crees! ¿Quién dice que no estaba pasando algo?” Arrogantemente respondí: “¡Ah, eso es lo que el enemigo quería hacernos creer, que todo estaba bien! ¡Pero teníamos que orar para vencer!” “No, Noel…” Me dijeron, “No estás entendiendo lo que te estamos diciendo… “¡Le diste un puñetazo en la espalda a fulana de tal”.

Demás está decir que no sabía a dónde esconder la cara. Aparentemente lo que pasó fue que mientras yo oraba me moví unos pasos hacia el frente y no me di cuenta, dejé el escritorio atrás y cuando dije: “¡En el nombre de Jesús”! una amiga que estaba a la par mía y de quien estaba tomado de la mano, cuando la solté ella decidió arrodillarse. Como yo tenía los ojos bien cerrados cuando propiné mi puñetazo espiritual golpeé a mi amiga exactamente en su espalda, en la parte de atrás del pulmón izquierdo. Fue un golpe tan duro que literalmente, ¡perdón el sarcasmo!, sintió la presencia de Dios porque no paró de llorar del tremendo guamazo.

Cuando mis amigos me dijeron lo que había pasado busqué de inmediato a mi amiga. Ella estaba sentada en uno de los sofás del salón mientras alguien enseñaba la Palabra. Como perrito regañado me acerqué desde atrás, le toqué el hombro y ella volteó su rostro para verme. Sinceramente pocas veces he visto un rostro como el de ella, literalmente tenía los ojos humedecidos de tanto llorar y ríos de lágrimas habían dibujado surcos de agua debajo de sus ojos. Cuando me volteó a ver le dije: “Fulana, ¡perdonáme! ¡No me fijé que te golpeé!” Ella tiernamente me dijo: “No tengás pena, tené cuidado para la próxima vez”.

De nuevo después de la vigilia llegué a casa a eso de las 6:00 a.m. Me tiré a la cama para dormir unas horas pero con una sensación de vergüenza inmensa. Al despertar hice algunas cosas y por la tarde fui a la reunión de jóvenes donde uno de los líderes juveniles se dirigió a mí con dureza. Parece que le habían contado lo que pasó en la vigilia pero no que todo había sido un accidente. Me habló enojado y no pude defenderme porque él tenía que atender algunos asuntos y además la reunión estaba por comenzar.

Lamentablemente desde esa vez nos prohibieron las vigilias de oración y hasta donde yo sé el motivo fue el incidente del knockout.

Cortesia: Noel Navas