Cuando Celebras a Dios No Hay Lugar Para La Tristeza


Cuando Celebras a Dios No Hay Lugar Para La Tristeza

Hubo una mujer llamada Ana que no podía tener hijos. Tenía un esposo llamado Elcana que la amaba, pero a su vez ese hombre tenía otra mujer llamada Penina, si bien esto era contrario al ideal de Dios en cuanto al matrimonio, en aquel tiempo, la poligamia se permitía en el caso de un primer matrimonio sin hijos. Estamos frente a una situación en una época donde la condición de la mujer era muy poco estimada. Era la dispensación de la ley por lo tanto esta situación era común en aquel entonces.

Llegó el tiempo en que toda la familia subía al lugar donde se iba a adorar a Dios, y el hombre de la casa llevaba una ofrenda de paz, y al ofrendante se le devolvía la mayor parte de las ofrendas pacíficas, para que la comieran él, su familia y sus amigos en una fiesta social que hacían delante del Señor. De estas viandas consagradas, Elcana daba porciones a todos los miembros de su familia; pero a Ana le daba una parte escogida, es decir una preferencia especial, según el modo oriental de mostrar atención a los invitados amados o distinguidos. Pero no faltaba la furia de Penina que la vivía irritando a Ana y siempre lograba entristecerla, porque le hacía recordar que era estéril.

 

 

Por eso Ana no comía, y su marido le decía: “Ana, ¿Por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy mejor que diez hijos? El esposo no entendía que haciéndole estas preguntas la ponía peor, ya que Elcana pensaba que su amor podía suplir la ausencia de los hijos, y esto es imposible, porque son sentimientos completamente diferentes los que se tiene por un marido de los que se tiene por un hijo. Ana se levantó y se dirigió directamente al templo, y esta vez iba a ser distinta a las otras veces, porque ella iba dispuesta a recibir un SÍ de parte de Dios. Ella derramó todo su corazón delante de Dios y hasta le hizo un voto al Señor, prometiéndole que si le concedía el hijo, ella lo iba a dedicar para su servicio todos los días de su vida. Luego se levantó y se fue y no estuvo más triste. Tenemos que tomar distancia de las injusticias y empezar a celebrar a Dios, aunque no tengamos ganas, porque cuando celebramos, matamos el espíritu de tristeza que está dentro de nosotros.

Cada vez que nos acercamos al altar de Dios, su amor es derramado en nosotros. Quizás no vemos nada, ni tampoco oímos ninguna respuesta, pero de lo que sí podemos estar seguros, es de que Su Amor nos está rodeando, nos está abrazando. Dejarse amar por Él es estar conectado con Él. Estar por dentro conectado con Dios es la garantía de que Él nos va a bendecir. Porque podemos enfrentar las cosas desde abajo, y que los problemas nos aplasten; o desde al lado, con nuestras fuerzas; o desde arriba, con las fuerzas de Dios. Cada vez que Jesús iba a hacer algo extraordinario se subía al monte, porque la conexión merece un esfuerzo. Cuando Jesús subió a la montaña, abrió su boca y dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu”; las mejores revelaciones vienen cuando subimos a la montaña. Si queremos conocer el amor del Señor, tenemos que subir al monte calvario, y conectarnos con su amor. La conexión con Él nos puede dar decisiones extraordinarias, nos puede dar revelaciones extraordinarias.

Hasta ese momento ella estuvo solita con Dios. Porque somos seres individuales, tenemos una fe personal y es necesario fomentar nuestra relación con Dios; es allí donde nos aseguramos el mañana, allí nuestra fe se acrecienta, y entendemos que todas las cosas que nos suceden Dios las transformará para nuestro bien. Pero luego Ana y su esposo adoraron juntos delante de Dios, y tuvieron su momento de intimidad, y ella concibió ese hijo tan deseado y lo consagró a Dios, y años más tarde tuvo cinco hijos más, porque la adoración te trae liberación, y la liberación te trae multiplicación.

Ana después de haber tenido su primer hijo llamado Samuel, escribió un cántico de gratitud a Dios, ella dijo: “Mi cuerno es ensalzado en Jehová”, esto se refiere a una peculiaridad del vestido de las mujeres orientales, la cual parece haber existido antiguamente entre las mujeres israelitas, la de llevar una pequeña trompeta de estaño o de plata en la frente, de la cual se suspendía el velo. Las esposas sin hijos la llevaban sobresaliente a un ángulo oblicuo, mientras que aquellas que habían llegado a ser madres, enseguida la levantaban unos centímetros más hacia la línea perpendicular, y por este cambio ligero pero notorio en su tocado, hacían saber, dondequiera que iban, el carácter maternal que ahora poseían.

Una cosa es presentarse cada día delante de Dios por gratitud, por obediencia, porque nos sentimos bien en Su Presencia. Y otra cosa muy distinta es hacerlo cuando se nos fue el deseo de vivir, porque hubo algo que nos abrumó tanto, que ya no queremos seguir de pie, no queremos luchar más, ni hacer ningún sacrificio extra, ni nada de nada. Y es bajo esas circunstancias en donde le rendimos la mejor adoración a Dios.

En el tiempo de Ana se usaban muchos tipos de ofrendas, pero llegó el día en que Dios dijo: “Basta, ninguna de ellas me satisface, sólo la que sube como un perfume grato delante de mi Presencia”.

Dice el Salmo 40.6 “Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo oh Dios para hacer tu voluntad”: Jesús nos enseñó que a Dios la única ofrenda que le agrada es la de la entrega voluntaria delante de Él, es la de morir a nuestro Yo, para que se manifieste el poder del Espíritu en nuestro diario vivir. Y Ana logró llevar esa ofrenda a Dios, le dijo tú eres: “Jehová Sabaoth”; Jehová de los Ejércitos. “Tú eres es el Señor que pelea mis batallas, yo no quiero pelear más con Penina, no quiero dejar de comer, no quiero entristecerme por no poder darle un hijo a mi esposo. Prefiero entregarte a ti todas mis luchas. Por eso Ana después de haber pasado un tiempo en la Presencia de Dios, volvió contenta, porque dejó de pelear con las armas de la carne, para empezar a pelear en el Espíritu.

El esposo la honraba dándole una parte escogida de las ofrendas, porque la amaba y eso era una muestra de su amor por ella. Pero cuando se rindió a Dios, Él la honró dándole lo que ella deseaba en lo más profundo de su corazón. Porque cuando decidimos estar bien cerca de Él, siempre saldremos de su presencia abrazando un milagro que primeramente se gestó en nuestro espíritu, por haber creído en Él.

Autora: Silvia Truffa

Cortesia: www.destellodesugloria.org