Los Mitos, los Mensajeros y el Misterio de la Navidad parte 3


Mitos, los Mensajeros y el Misterio de la Navidad parte 3

El temor de Herodes

 

Si pudiéramos entrar nuevamente en escena y enfocarnos en Herodes, probablemente veríamos cómo su rostro se tornaba rojo después de haberse mordido la lengua para no decir lo que quería decir. Estamos hablando de Herodes el Grande. Él fue designado por su padre para gobernar Galilea. Su padre no había sido designado por nada más ni nada menos que Julio Cesar, para que gobernara Judea. Todos sabían que él era el rey.

 

Ahora, Herodes a esta altura, ya tiene unos setenta años y se ha vuelto muy celoso en cuanto a su poder y su trono.

 

Una de las diez esposas de Herodes, Miriamne, tenía un hermano, Aristóbulo, que era el sumo sacerdote judío. Herodes se atemorizó tanto con la popularidad de Aristóbulo, que lo hizo ahogar y luego pagó un funeral exquisito en el cual se mostró muy dolido. Luego Herodes mató a Miriamne y a su madre.

 

En sus últimos dos años de vida, la paranoia de Herodes se hizo tan grande que hizo matar a dos de sus hijos mayores. Cinco días antes de su muerte, mandó matar a otro de sus hijos, determinando así que no hubiera ningún rival a su trono. Flavio Josefo, el historiador judío del siglo primero, escribió lo siguiente en cuanto a Herodes:

 

El no permitía que los ciudadanos se reunieran, caminaran, o comieran juntos, sino que observaba todo lo que hacían y los exhortaba a trabajar. Él tenía espías por todas partes. En ocasiones, se vestía como un ciudadano común y corriente y se metía entre la multitud, preguntándoles que pensaban en cuanto a Herodes y su gobierno. Si respondían con críticas, eran castigados duramente o llevados a la fortaleza Hicrania, abierta o secretamente, y allí eran ejecutados.

 

Una de las últimas cosas que Herodes hizo antes de morir fue encarcelar a muchos judíos importantes, personas distinguidas, bajo cargos falsos. Él dio la orden de que estos hombres y mujeres se ejecutaran en el mismo instante en que él muriera, para asegurarse de que habría lamentación en Jerusalén.  Aunque no estuvieran llorando por él, los días posteriores a su muerte serían de lamentación y lloro. Este hombre era un asesino a sangre fría, era vano, corrupto y paranoico.

 

Y quiero que sepa algo más en cuanto a Herodes. Como persona mayor, habiéndose ganado el respeto del emperador romano, el senado le dio lo que él deseaba y lo nombró “Rey de los judíos”. Él era el rey de los judíos. ¡Ese era su título y su trono!

 

Ahora, fue durante estos últimos dos años, cuando Herodes estaba matando a cualquiera que pudiera ser una amenaza, que un grupo de dignatarios babilonios aparecen y preguntan adonde pueden encontrar al recién nacido “Rey de los judíos”.

Con razón Mateo nos dice que Herodes se turbó. Esa palabra, “turbado”, nos da la idea de alguien que está visiblemente agitado.

 

Herodes está pensando: “Alguien tiene la audacia de querer tomar mi trono y mi título.”

Nuestro mundo está lleno de “Herodes”. No son personas que van por todos lados matando gente, pero sí declaran su derecho a ser reyes, ellos solos quieren ocupar el trono de sus vidas y de su corazón.

 

Nadie tiene el derecho de interferir con sus carreras, posición, poder, planes, ambición y estilo de vida.  No están dispuestos a permitir que nadie más sea el rey de sus vidas. Dígale a alguien que Jesucristo merece ser su Señor y Rey, y vea cómo reacciona. Dígale que debe postrarse y entregarse al reino de Cristo y fíjese cómo se pone rojo de furia y se muerde la lengua para no hablar y decirle lo que piensa. Aunque en ocasiones lo digan: “No necesito que me salven…sólo yo soy rey… ¡yo soy el amo de mi destino!”

 

Ahora, no me malinterprete, para muchas personas, no hay ningún problema en hablar de Cristo un poco en unos villancicos navideños una vez al año, siempre y cuando se lo deje en el pesebre o en la cruz. Al mundo religioso le gusta dejarlo allí también. Ellos lo prefieren, o en su nacimiento o en su muerte, nada más.

Pero no hable del Señor soberano que ascendió a los cielos. No hable acerca de entregar prioridades, planes, moralidad y estilo de vida.

 

En estas fiestas nuestro mundo va a decir una vez más: “Cristo es apropiado para mí durante la Navidad, pero prefiero no tenerlo en mi celebración de año nuevo.”

De manera similar, Herodes ha descubierto su peor pesadilla. Otra persona reclama el título de “Rey de los judíos.”

Ahora, no es un don nadie el que da las noticias, fíjese que Mateo 2:1 dice, “…vinieron del oriente a Jerusalén unos magos…”  “Mago” viene del griego ‘magoi’, es de donde proviene la palabra castellana ‘mágico’ y ‘magistrado’. Este versículo nos dice que estos hombres venían del oriente, la traducción literal dice que venían de donde sale el sol, del reino de los medos y los persas.

 

Herodoto, el historiador griego, nos dice que estos hombres provenían de una clase social especial, estaban muy entrenados y estudiados en las artes y las ciencias; eran sumos sacerdotes, profesores de universidad y políticos a la vez, todo en uno.

Eran líderes de la religión persa, que aun estaba en todo su esplendor cuando el Señor Jesús nació, llamada Zoroastrismo.  El principal elemento de su adoración era el fuego, que mantenían vivo. Ellos creían que el fuego les había sido dado desde los cielos y practicaban el sacrificio de animales. Creían en un solo dios, cuyo nombre era Mazda.

 

Los historiadores también nos dicen que ningún persa podía llegar a ser rey si no dominaba las disciplinas religiosas y científicas de los magos. Recién ahí, uno era aceptado como heredero al trono y coronado por los magos. Ellos eran conocidos como los ‘hacedores de reyes’ y Herodes lo sabía. Todo Jerusalén lo sabía y se turbaba aunque por otras razones.

Mateo, a propósito, no nos dice cuantos magos llegaron a Jerusalén. La tradición nos dice que eran doce, pero más adelante, ese número se redujo a tres. Eso se debe, probablemente, porque es difícil poner a doce magos en la “obrita de Navidad”. Durante el medioevo, la cantidad de magos se vio reducida. Esto fue mientras los mitos y las tradiciones cobraban más fuerza. La Iglesia alegó que los tres magos se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos representaban a los tres hijos de Noe. Supuestamente sus cráneos fueron preservados milagrosamente y descubiertos por el Obispo de Colonia en el siglo doce. La gran catedral de Colonia aun exhibe estos cráneos, en una vitrina llena de joyas.

 

Pero la pregunta permanece, ¿Para qué estos magos cruzaron medio continente, en un viaje que les tomó al menos un año? ¿Qué les hizo asumir que al llegar a Jerusalén, la gente sabría automáticamente donde vivía el Mesías? Y por sobre todas las cosas, ¿por qué los magos estaban interesados en un Mesías Judío?

 

Para responder estas preguntas, tenemos que viajar varios siglos atrás, a un tiempo en el cual los judíos fueron llevados cautivos por el reino del este, Babilonia.

 

Entre los judíos deportados había varios jóvenes que fueron entregados a los magos para ser entrenados en la universidad. Usted conoce a cuatro de ellos, Daniel, Sadrac, Mesac, y Abed-nego. Daniel, en especial, tuvo un gran efecto sobre el rey Nabucodonosor, y le dio un ascenso, lo puso como líder de todos los magos del reino de Babilonia (Daniel 2:48). Daniel era tan respetado y poderoso, que cuando Darío, el rey Persa, conquistó Babilonia, retuvo el liderazgo de Daniel.

 

Tal vez recuerde que los otros políticos persas planearon una estrategia para que Daniel fuera echado a los leones; los magos no tuvieron parte en ese plan. Estos políticos pasaron a tener un tremendo respeto por Daniel. Serían setenta años de influencia piadosa por medio de la vida y la enseñanza de Daniel que traerían, no sólo a dos reyes a la fe del Dios de Daniel, sino también a los magos.

 

Pero, ¿cómo es que los magos, cientos de años después de Daniel, fueron guiados por una estrella para conocer al Mesías? ¿Qué significa que vieron la estrella en el oriente y que vinieron a adorarle? En primer lugar, estos magos que viajaron hasta Jerusalén, eran creyentes, estaban listos para adorar al Salvador. Ya habían creído las Escrituras, sabían que el Mesías ya había nacido.

 

Aquí están, descendientes de los que se convirtieron con Daniel, guiados a comenzar un viaje que les llevaría más de un año en completarlo. Sin duda, viajaban en una gran caravana con sirvientes para cocinar y cuidar los animales en este viaje tan largo. También habría una buena cantidad de soldados con ellos para protegerlos al pasar por distintos reinos. Los soldados también protegerían los regalos tan costosos que estos magos llevaban.

 

Así que borre esa imagen que tiene en su mente. Estos hombres eran dignatarios persas, reconocidos por su poder y privilegios. También eran parte de una generación de creyentes que comenzaba por Daniel y sus hombres sabios.

 

Ahora, aun hay interrogantes, ¿Por qué un astro para guiarlos? ¿Cómo conectaron el significado de la estrella con el Mesías?

Daniel, evidentemente, tenía a su disposición la Torah, la ley de Moisés. Es probable que él, junto a otros judíos piadosos, hayan enseñado en cuanto al Mesías venidero. Yo me imagino a Daniel explicando las palabras de Moisés a sus amigos magos.

“Dijo el que oyó los dichos de Jehová, Y el que sabe la ciencia del Altísimo, El que vio la visión del Omnipotente; Caído, pero abiertos los ojos: Lo veré, mas no ahora; Lo miraré, mas no de cerca; Saldrá ESTRELLA de Jacob, Y se levantará cetro de Israel…” Números 24:16-17.

 

En este pasaje del Antiguo Testamento, el Mesías es llamado “La Estrella”. Tal vez Daniel les enseño la profecía de Isaías: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.2Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. 3Y andarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento.” –Isaías 60:1-3

 

Esta es la misma expresión, la misma idea de la estrella brillando en su resplandor. Uno tiene que entender que los magos no vieron una estrella más, no era una especie de meteoro, un cometa o un asteroide, era una señal Mesiánica. Si bien parecía una estrella, lo que los magos realmente vieron fue la luz de la presencia de Dios, Su gloria.

La palabra griega para “estrella” (aster) puede comprenderse también como “brillo”. Esta fue la luz que hizo que el rostro de Moisés resplandeciera después de su encuentro con Dios (Éxodo 34:30).

Esta fue la luz brillante del Cristo resucitado que hizo caer a Saulo de Tarso al suelo en su camino a Damasco y lo dejó ciego (Hechos 9:3). Esta fue la visión que Juan el Apóstol vio, y luego describo como la luz del rostro de Cristo brillando como el sol (Apocalipsis 1:16). Se trata de la misma luz que se apareció a estos magos persas para guiarlos.

¿Cómo explicar su aparente desaparición al llegar ellos a Jerusalén? ¿Cómo explicar que de repente apareció nuevamente cuando ellos salieron del palacio de Herodes? ¿Cómo explicar que esta luz estaba exactamente sobre la casa donde el niño se encontraba?

Solo hay una manera de explicarlo. Los magos estaban siendo guiados por la luz de la gloria de Dios, por su resplandor, y al parecer, ellos fueron los únicos que la vieron.

 

Esto me lleva a preguntarme, ¿Por qué Dios actuó así con los magos del oriente? ¿Qué era lo importante en cuanto a unos persas que vienen a traerle regalos a Jesús?

Cortesia:BBN